La serpiente en el tomate verde

Escrito por: Karla Juarez



Mi mamá siempre ha tenido vértigo en las alturas, se marea con facilidad, prefiere cerrar los ojos y dejarse guiar por el instinto, el olfato y los sonidos. Es muy cómico ver como se hace bolita cuando ya no quiere avanzar. Eso no es nada comparado con lo que sentimos mi amiga Lucas y yo la semana pasada, durante el campamento.

Cada mes, como recompensa a nuestro buen comportamiento, nos dan a escoger un premio. En esta ocasión, como ya no somos pequeñas, nos pusimos de acuerdo y elegimos que nos dejaran ir solas al campamento para jóvenes el fin de semana. Los papás de mi amiga son muy estrictos pero logramos convencerlos.

Era emocionante ir sin la supervisión de los mayores, podríamos desvelarnos, coquetear, decir palabrotas, fumar… No sabíamos qué era eso último, pero habíamos escuchado que era alucinante.

El primer día fue más estimulante, mi amiga, tímida como es, al principio no se atrevía a realizar las actividades. Si se trataba de subir un montículo decía: “Carolina, ¿y si me caigo?”. Y si se trataba de cruzar un riachuelo, cuestionaba: “Carolina ¿y si me ahogo?”.

Nuestro guía nos alentaba diciendo que era sólo un poco de agua que algún bromista había regado por allí. Yo, ansiosa por darme un chapuzón refrescante, también la animaba. Lucas se imaginaba que era un gran océano y le daba temor atreverse; no había medido sus capacidades. Lo peor de su miedo es que resultaba tan paralizante que le impedía intentarlo siquiera. Pero ahí estaba yo, su mejor amiga, para ayudarla descubrirse a sí misma, con todo su potencial. Y subió y nadó.

Fue una jornada agotadora, por eso, al siguiente día elegimos “El sendero de los vegetales”. Nos enseñarían el proceso de la siembra, fertilización y cosecha de los tomates verdes. Llegamos un poco retrasadas al punto de reunión, sin embargo alcanzamos a escuchar las indicaciones que teníamos que seguir a los pies de la letra: No atrasarse, estar siempre de dos en dos, fijarse en los compañeros de enfrente y en los de atrás, no desviarse del camino y en caso de peligro ¡hacerse bolita!.

Desde el inicio de la vereda me llamó la atención una humareda que se veía de vez en cuando, muy cerca de nosotras. Le sugerí a mi amiga que nos fuéramos a asomar a ver de qué se trataba y esta vez no fue difícil convencerla. Había un olor extraño en el ambiente, algo como hierba quemada. Nos asomamos y nos quedamos quietas tratando de entender lo que pasaba.

De pronto todo se oscureció, nos hicimos bolita inmediatamente. Sentimos cómo nos calaba el humo, como si lo soplaran en nuestra cara; se sentía caliente, tenía un olor fuerte. En poco tiempo me empecé a sentir muy relajada; se me quitó el temor que me abrumaba momentos antes. Cuando abrí los ojos, despacito, vi a Lucas junto a mí, con los ojos rojos, muy abiertos y con una gran sonrisa. En cuanto se percató que yo estaba bien, se hizo bolita y empezó a rodar, hacía el frente y luego de regreso hacia mí. Se escuchaban carcajadas, pero yo no podía ver de quiénes eran.

Sentí como si una fuerza extraña me empujara. Todo esto nos daba mucha risa y yo me deje llevar por el momento: también me hice bolita y empecé a rodar y rodar, hasta que choqué con algo que me detuvo.

Abrí los ojos, Lucas estaba quieta, con cara de angustia me señalaba y me gritaba:

– ¡Carolina, la serpiente en el tomate verde! ¡La serpiente en el tomate verde! ¡Rueda! ¡Rueda! ¡Carolina, rueda que te va a comer!

No sé porqué, pero envalentonada, di un giro hacia atrás para defenderme de la gran amenaza, solo para darme cuenta que era solo un pequeño gusano en un tomate podrido.

– No es una serpiente, es solo un gusanito- dije. Y nos orinábamos de la risa.

Otra vez el humo con olor a hierba quemada nos llegó a la cara. Sentí que una mano me regresaba a la vereda para colocarme junto a Lucas. Lo juro, escuché que una voz dijo: “La mía es la cochinilla uno y la tuya es la cochinilla dos; si gana la mía, tu pagas el siguiente churro”. Y nos pusieron a rodar a un lado del sendero. Resultó ser muy divertido que la tierra se pegara y se despegara de nuestros cuerpos. No nos habíamos divertido tanto en nuestras cortas vidas.

Cuando pasamos junto a una piedra, sentimos que nos jalaron para adentrarnos en el camino. Se acabó la diversión de un tirón, era el guía que estaba escondido detrás de la roca, y nos esperaba enfurecido. Nos llevó de regreso al campamento y llamaron a nuestros padres para que fueran por nosotras. Palidecimos y nos recorrió el escalofrío del miedo como cuando estamos en la antesala de un sermón épico. Nos invadió ese dolorcito en el estómago previo a un regaño de grandes proporciones. Nos llevaron a casa, el silencio era sepulcral y las miradas de enojo nos traspasaba la concha. Ahora estamos castigadas y no podremos volver al sendero de los vegetales.


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