Recordar, planear y alimentar: el trabajo invisible detrás de la cocina

Escrito por: Karla Ivette Gómez Becerra & Maribel Martínez García



Comer es mucho más que nutrirse. Cuando pensamos en alimentación, solemos imaginar las listas de nutrientes, el conteo de calorías diarias o en las porciones de comida que se deben cumplir al pie de la letra. Pero esa imagen, aunque útil, deja fuera algo fundamental: comer es un acto profundamente social, aprendido y cargado de significado. Lo que elegimos comer, quién lo prepara, quién decide qué hay en la mesa y quién se queda sin comer para que alcance para los demás; son preguntas cuyas respuestas varían según si eres hombre o mujer, dónde vives y cuál es la cultura en que creciste.

El antropólogo Marvin Harris, en su libro Bueno para comer (Harris, 1989), demostró que las preferencias alimentarias de los seres humanos nunca son puro azar ni un simple gusto personal: detrás de lo que consideramos apetecible o repugnante hay una explicación ecológica, económica y cultural que moldea el paladar generación tras generación. Esa lógica es una construcción que se aprende, se hereda y, sobre todo, se puede cuestionar.

Décadas después del libro de Harris, la obra El capitalismo también entra por la boca (Holt-giménez, 2017) nos recuerda que el sistema económico global también tiene mucho que decir sobre lo que comemos. Los alimentos ultraprocesados, con publicidad dirigida a los sectores más vulnerables, y la pérdida de las cocinas tradicionales no son accidentes, sino consecuencias de un mercado que convirtió la alimentación en un negocio. Y en ese negocio, las mujeres, especialmente en los sectores rurales, indígenas y de bajos ingresos; han cargado con el mayor costo sin recibir ningún reconocimiento.

Esto porque ellas suelen responsabilizarse de painanis.org alimentar a sus familias, de administrar recursos limitados, de cocinar, cuidar y sostener la alimentación. Siendo afectadas por un sistema alimentario que mantiene desigualdades estructurales.

Lo que comemos no es, entonces, una decisión exclusivamente individual: es el resultado de lo que nos enseñaron, de lo que el mercado nos ofrece y de los roles que la sociedad nos asignó desde la infancia. Desde pequeños aprendemos que hay comidas “de hombres” y comidas “de mujeres”. La carne roja y abundante se asocia con masculinidad, fuerza y poder; las ensaladas y los alimentos ligeros se asocian con lo femenino. Estos estereotipos no son inocentes: condicionan las elecciones alimentarias desde la infancia y contribuyen a patrones de consumo que pueden comprometer la salud de ambos géneros (Aguilar Montes de Oca, YP; Valdez Medina, 2013).

Los estereotipos de género son el conjunto de creencias sobre las características que se consideran apropiadas para hombres y mujeres; estas creencias moldean no sólo cómo nos comportamos, sino también lo que comemos, cómo lo cocinamos y a quién le corresponde hacerlo. (Aguilar Montes de Oca, YP; Valdez Medina, 2013) Para los hombres, el estereotipo dominante los aleja del cuidado culinario cotidiano; cuando cocinan, suele catalogarse como una actividad recreativa o de prestigio, observamos que en ellos es común la tradicional parrillada del fin de semana, el chef gourmet, la discada de mariscos o la barbacoa especial. Mientras que la cocina del día a día, la que alimenta en la rutina y nadie aplaude, sigue siendo territorio femenino (López Mato, M; Acerbo Florencia, 2022).

Esta división no es natural, es aprendida; y por lo tanto, susceptible a transformarse. En este sentido, Bourdieu (1998), citado en (Vizcarra Bordi, 2022) señalaba que los gustos alimentarios no son simplemente preferencias, sino clasificadores sociales que marcan jerarquías: lo que comemos dice quiénes somos, o quiénes se supone que debemos ser. Esa carga simbólica pesa de manera desigual entre hombres y mujeres, además de poder intensificarse cuando se combina con condiciones como la pobreza, la etnia o la edad.

En el interior del hogar, esta desigualdad adopta una forma concreta: el concepto de “portera alimentaria”. Este proviene de las ciencias sociales y fue recientemente incorporado a los estudios de nutrición. En el que se designa quién controla el flujo de alimentos dentro del núcleo familiar, es decir, determina quién decide qué se compra, qué se cocina, en qué orden se sirve y quién come primero. En la gran mayoría de los hopainanis.org gares de América Latina, es la mujer quien decide qué se compra, qué se cocina y cómo se sirve. Sin embargo, suele ser también quien come al último. (Lutz, Mariane; Oda-Montecinos, Camila; Franch Maggiolo, 2025).

Un estudio realizado en Argentina mostró que el 70% de las mujeres encuestadas tenía empleo remunerado, pero aún así seguían siendo las principales encargadas de todas las tareas alimentarias domésticas (López Mato, M; Acerbo Florencia, 2022). A esta responsabilidad material se suma la carga mental: ese trabajo invisible de recordar qué falta en la despensa, conocer qué le gusta a cada integrante de la familia, qué alimentos son más saludables, cómo llegar a fin de mes con el presupuesto para la comida. Esta dimensión cognitiva y emocional del trabajo alimentario es real, y casi nunca se contabiliza ni se agradece pese a ser una carga agotadora (Reich-stiebert et al., 2023).

Los estereotipos de género son el conjunto de creencias sobre las características que se consideran apropiadas para hombres y mujeres; estas creencias moldean no sólo cómo nos comportamos, sino también lo que comemos, cómo lo cocinamos y a quién le corresponde hacerlo. (Aguilar Montes de Oca, YP; Valdez Medina, 2013)

Para los hombres, el estereotipo dominante los aleja del cuidado culinario cotidiano; cuando cocinan, suele catalogarse como una actividad recreativa o de prestigio, observamos que en ellos es común la tradicional parrillada del fin de semana, el chef gourmet, la discada de mariscos o la barbacoa especial. Mientras que la cocina del día a día, la que alimenta en la rutina y nadie aplaude, sigue siendo territorio femenino (López Mato, M; Acerbo Florencia, 2022).

En zonas rurales, cuanto más cercana está una comunidad a los centros urbanos y a los procesos de industrialización, peores suelen ser los indicadores nutricionales de las mujeres: hay más alimentos ultraprocesados, menos diversidad alimentaria, más sobrepeso coexistiendo con desnutrición. Es la llamada doble carga de la malnutrición, y afecta de manera desproporcionada a las mujeres (Vizcarra Bordi, 2022). Este fenómeno puede ocurrir porque la industria agroalimentaria global ha sustituido los sistemas de producción local y las cocinas tradicionales por dietas homogéneas, baratas y rentables para las corporaciones, pero empobrecidas nutricionalmente.

Frente a esta realidad, resulta paradójico que sean precisamente las mujeres quienes sostienen en gran medida la producción alimentaria mundial. Según datos de la FAO, las mujeres producen hasta el 70% de los alimentos en el mundo; son campesinas, indígenas, jornaleras, cocineras, curanderas, jefas de hogar, guardianas de semillas y de saberes; las que durante siglos han mantenido viva la diversidad alimentaria en sus comunidades. Y, sin embargo, son precisamente esas mujeres quienes tienen el menor acceso a recursos productivos, créditos, educación y espacios de toma de decisiones.

Alimentan al mundo mientras su propia alimentación es deficiente; sostienen la agricultura familiar mientras sus cuerpos acumulan las consecuencias de años de pobreza, de trabajo no reconocido y de dietas que el mercado les impuso en vez de los alimentos que ellas mismas han cultivado (Vizcarra Bordi, 2022).

Podría pensarse que al envejecer, con los hijos en una etapa adulta y con mayor independencia, además de una vida doméstica menos intensa, las mujeres podrían finalmente comer para sí mismas. Pero la evidencia muestra que no es tan sencillo: los roles de género se mantienen incluso en la vejez, y muchas mujeres adultas mayores continúan siendo las responsables de la alimentación del hogar, sacrificando su propio bienestar nutricional por seguir cumpliendo el papel que la sociedad les asignó desde su nacimiento.

Este fenómeno tiene consecuencias clínicas concretas: la Encuesta Nacional de Salud de Chile reportó que en personas mayores de 65 años la hipertensión arterial alcanza el 73.3%, la diabetes tipo 2 el 30.6%, y la obesidad el 35.6%. Las mujeres viven más años que los hombres, pero no necesariamente con una mejor salud; el comportamiento alimentario, profundamente condicionado por el género, es uno de los factores que explican esa diferencia. Además, los roles de género internalizados pueden generar sufrimiento psicológico: las mujeres mayores que sienten que su valor social depende de seguir cocinando y cuidando, aunque su cuerpo ya no les permita hacerlo con facilidad, están más expuestas a cuadros de ansiedad, depresión y deterioro del estado de ánimo.

El papel de la “portera alimentaria” no se jubila a los sesenta y cinco años, y por eso es urgente que los sistemas de salud incorporen una perspectiva de género y de curso de vida en la atención a personas mayores (Lutz, Mariane; Oda-Montecinos, Camila; Franch Maggiolo, 2025).

Ante este escenario, la pregunta inevitable es: ¿qué se puede hacer? Como sociedad, el primer paso es visibilizar lo que ha estado oculto: reconocer que la distribución desigual de las tareas alimentarias no es natural ni inevitable, sino el resultado de estereotipos aprendidos que podemos transformar. Esto comienza en las familias, con padres que cocinan en el día a día y madres que no son las únicas responsables de la nutrición familiar; continúa en las escuelas, donde niñas y niños deben aprender por igual a preparar alimentos, comprender la nutrición y cuidarse mutuamente.

Los medios de comunicación y las campañas de salud también tienen una responsabilidad enorme: mostrar a hombres cocinando el desayuno del día a día, mostrar a mujeres comiendo con placer y sin culpa, y dejar de asociar el cuidado alimentario exclusivamente con lo femenino, pues los estereotipos se aprenden a través de las imágenes que vemos repetidamente desde la infancia.

A nivel de políticas públicas, es necesario que el Estado deje de delegar la responsabilidad de la alimentación saludable únicamente en las mujeres y en las familias; esta responsabilidad debe ser compartida y extendida a todos los sectores de la sociedad, lo que implica regular la publicidad de alimentos ultraprocesados, fortalecer los mercados locales y reconocer económicamente el trabajo de cuidado que sostiene el tejido social (Vizcarra Bordi, 2022).

Para los profesionales de la salud, el horizonte de acción va mucho más allá de prescribir dietas. La alimentación no depende únicamente de los nutrientes o de la composición de los alimentos, sino también de factores sociales, culturales y emocionales. Por ello, es importante que la formación en nutrición considere no solo el aspecto biológico, sino también el contexto en el que las personas viven y llevan a cabo su alimentación. Un profesional que entiende cómo influye la familia, la cultura, el trabajo o las condiciones económicas en la alimentación tendrá mayores herramientas para apoyar a sus pacientes de manera más realista y efectiva.

Lo anterior implica preguntar en la consulta no solo qué come el paciente, es igual de necesario saber quién decide qué se come en casa, quién tiene tiempo para cocinar y quién carga con la responsabilidad de la alimentación familiar. Significa no culpabilizar a las mujeres por los hábitos alimentarios de toda la familia, como si fueran las únicas responsables, y entender que una madre que no puede dar de comer bien a sus hijos muchas veces no lo hace por falta de voluntad, sino por falta de recursos, de tiempo o de apoyo (Amaya Hernández, Adriana; Ortega Luyando, Mayaro; Mancilla Díaz, 2021).

Nada en nuestra alimentación es accidental: ni lo que comemos, ni cómo aprendemos a hacerlo, ni quién cocina o asume esa responsabilidad. Todo ello es resultado de siglos de construcción cultural que asigna roles desiguales a hombres y mujeres, y que el capitalismo alimentario global aprovechó para sus propios intereses. La buena noticia es que lo aprendido puede desaprenderse. Los estereotipos alimentarios de género no son leyes naturales, son hábitos culturales que cambian cuando hay voluntad social, políticas adecuadas y profesionales comprometidos con una visión integral de la salud. Requiere, en definitiva, reconocer que el proceso de la alimentación también es político, y un reflejo de lo que hemos aprendido como sociedad y de lo que necesitamos desaprender para hacerlo más justo.

Aguilar Montes de Oca, YP; Valdez Medina, J. G.-A. L.-F. N. G. E. (2013). Los roles de género en los hombres y las mujeres en el México Contemporáneo. Enseñanza e Investigación En Psicología, 18(2), 207–224. http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=29228336001 Amaya Hernández, Adriana; Ortega Luyando, Mayaro; Mancilla Díaz, J. M. (2021). Cómo , qué y por qué ocuparnos de la alimentación How , what and why to pay attention to eating. 1(1), 51–59. Flagg, L. A., Sen, B., Kilgore, M., & Locher, J. L. (2013). The influence of gender , age , education and household size on meal preparation and food shopping responsibilities. 17(9), 2061–2070. https://doi.org/10.1017/S1368980013002267 Harris, M. (1989). Bueno para comer: enigmas de alimentación y cultura. Alianza Editorial. Holt-giménez, E. (2017). El capitalismo también entra por la boca: comprendamos la economía política de nuestra comida. Monthly Review Press & Food First Books. Litchford, A., Roskos, M. R. S., & Wengreen, H. (2020). Influence of fathers on the feeding practices and behaviors of children : A systematic review. Appetite, 147(August 2019), 104558. https://doi.org/10.1016/j.appet.2019.104558 López Mato, M; Acerbo Florencia, Y. L. R. (2022). Roles de género en la distribución de tareas domésticas vinculadas a la alimentación. Revista de Salud Pública, 1(21), 88–103. https://doi.org/10.31052/1853.1180.v27.n1.36202 Lutz, Mariane; Oda-Montecinos, Camila; Franch Maggiolo, C. (2025). Comportamiento alimentario como determinante del consumo : aspectos relacionados con el género. Rev Chil Nutr, 52(Supl. 1), 34–39. https://doi.org/https://doi.org/10.64159/RCHNUT-52-s1-5 © Reich-stiebert, N., Froehlich, L., & Voltmer, J. (2023). Gendered Mental Labor : A Systematic Literature Review on the Cognitive Dimension of Unpaid Work Within the Household and Childcare. 475–494. Szabo, M. K. (2013). Women ’ s Studies International Forum “ I ’ m a real catch ” : The blurring of alternative and hegemonic masculinities in men ’ s talk about home cooking. Women’s Studies International Forum. https://doi.org/10.1016/j.wsif.2013.08.003 Vizcarra Bordi, I. (2022). La alimentación – salud de las mujeres en el campo mexicano del siglo XXI : desafíos para la soberanía alimentaria desde una mirada decolonial feminista. Interdisciplina, 26, 61–89. https://doi.org/https://doi.org/10.22201/ceiich.24485705e.2022.26.80969


Lee la edición completa:

Banner02

También te puede interesar