CDMX, cuero y metal. Mundial 2026
Escrito por: Enrique Ramos
Han pasado solo tres días del mes de llegada del verano, sudan las palabras, ruedan las ventiscas por delante de mis rodillas. Estamos todos corriendo, estamos alcanzando los días donde la lluvia se funde con los pesares, con las esperanzas y anhelos de mitad de año.
Son las 9.30 de la mañana, Ciudad de México suena y sabe a cueros y metal. Los viandantes, entre transbordos de las estaciones del metro nos conocemos de pasada y de miradas: está la señora que trae su bolsa tejida, dentro de otra bolsa negra, que entre estación y estación se pone a vender dulces y chocolates, una vez que avanzamos en los trenes repletos de gente; te encuentras también al oficinista que finge importancia burocrática, con la manga arremangada; se distingue entre los viajantes a la chica que anda en traje sastre, calza tenis y lleva un hermoso peinado.
Así, todos arremolinados, llevamos el doble de preocupación, porque el pin-che-tren-no-pasa. Miramos todos nuestros relojes, algunos el de pulso, otros tantos el de sus celulares, tomamos fotos y videos, los mandamos a nuestros grupos de trabajo de WhatsApp -que sirva de algo-.
Se da el multitudinario aviso de los altoparlantes: ¡“se ha retirado una unidad por una falla mecánica, la marcha de los trenes será lenta”! Varios, desconsolados, sudorosos, apurados, preocupados pasajeros, abandonan los andenes, mientras sus miradas se desencajan mientras pasan al lado de quienes nos quedamos a resistir la llegada del convoy.
Son las 10 horas de un día laboral cualquiera en la capital del país, esto es México. En una patria de contrastes, donde el gobierno centrista ofrece los servicios más “eficientes”.
Al correr de los días, me percato de que la ciudad se está vistiendo de púrpura y de muchas bardas que anuncian el Mundial, que revisten de una aparente fiesta a la comunidad. Sin embargo, no estamos invitados todos. Ahora llueve a cántaros, corre el agua como Pedro por su casa. Al respecto, me pregunto, ¿la mitad de la pintura gastada para anunciar el Mundial no habría servido para mejorar los drenajes? Y, la otra mitad, quizá hubiera atendido la demanda de los trabajadores del metro, que sabemos, los que habitamos aquí en el monstruo gris, que los parones de los trenes en tiempos de eventos multitudinarios, son huelgas silenciosas.
Es verano, los días son húmedos, el transporte es lento, el trabajo como de costumbre, siempre se acumula y no deja de consumir las energías de los habitantes. Mientras tanto, hago lo necesario para salir el día sin deuda de pendientes laborales y evitar un horario terrible que me lleve apretado painanis.org contra las puertas del metro y contra las eternas corridas de la marcha de los trenes lentos que se saturan (¿intencionalmente?) a la hora de la salida de los oficinistas.
En los recientes días, la Presidenta ha manejado el primer auto eléctrico construido en México, señal de un futuro promisorio, mientras que yo tramito mis pagos mensualmente como persona que presta servicios profesionales para un ente de Gobierno. Mientras que las trabajadoras del hogar sufren de abandono. Mientras que llueve y la pintura morada nos protege de que la calle solo se vea lluviosa y fea, ahora se ve morada, lluviosa y fea.
La ciudad de México suena a cuero y metal y en las esquinas de las zonas turísticas suenan los organilleros. ¿tendrán ellos prestaciones? Corro para alcanzar el metro que aún no debe estar saturado.
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